viernes, 16 de noviembre de 2012

Sueño diurno de paracetamol y fiebre

Diurno como los amores de Francisco Umbral, pero con la diferencia importante del Paracetamol vía oral en lugar de sus tan idolatrados supositorios de Optalidón. "La inspiración existe," decía Don Francisco, "la inspiración de los poetas existe, pero entra por el culo." Yo por el culo no admito más que cariño y solo hasta la primera falange, a partir de ahí me distraigo, pero reconozco que la fiebre es de lo más creativa, y un poco hijadeputa también.

En mi sueño estoy despierto pero paralizado en medio del salón, mi tío y mi hermano han venido a visitar a mi madre, les oigo hablar en algún lugar de la casa. No puedo verle, pero un enorme gato agoniza en el sofá detrás de mí (otro residuo de Los Amores Diurnos de Umbral, quizás sea Lermontov) y me susurra, "Ayúdame, ayúdame." _No puedo moverme, le contesto, _además me estás dando mucho miedo. Consigo con mucho esfuerzo girar la cabeza pero entonces mis ojos se cierran y no puedo ver al gato, aunque sigo oyéndole gemir, "ayúdame, ayúdame, ayúdame."  Le digo que se calle porque me está aterrorizando y que no puedo ayudarle y que voy a intentar despertarme porque todo esto tiene pinta de ser una puta pesadilla. En otros sueños consigo despertarme arrojándome contra algo (un camión, por ejemplo) pero hoy solo puedo dejarme caer al suelo y lo único que consigo es trasladarme a otra habitación, la mía. Allí está mi madre en la cama, es ella, seguro, aunque apenas la veo asomar un ojo horrorizado entre las sábanas y su mano huesuda sujetando uno de mis comics, "Mis Problemas Con Las Mujeres" para ser exactos, de Rober Crumb, pero es ella, o al menos es su mano y su ojo, y su bulto bajo la ropa de mi cama, tan solo me hace dudar el hecho de estar escuchándola hablar con mi tío en la cocina. Vuelvo a dejarme caer al suelo porque ya he comprendido que es el único movimiento que puedo realizar y, efectivamente, aparezco en la cocina, pero ahora oigo a mi tío y a mi madre conversar en alguna otra parte de la casa. En la cocina solo está mi hermano descuartizando no sé qué máquina en forma de horno de la que extrae unas piezas e introduce otras mientras ella, lo que sea, se desangra de aceite sobre la mesa. Intento hablarle pero está demasiado concentrado sacando y metiendo cacharros y cables. Le grito pero es inútil, quiero decirle que por favor me busque por casa y me despierte porque me he quedado dormido (no sé dónde puesto que en mi cama está mi madre y en el sofá el gato) y yo soy incapaz de despertarme por mi propio pie, si se puede decir así, pero es como si no estuviese allí, mi hermano continúa sacando piezas y metiendo piezas en ese como-horno vivo. Entonces tengo una de las sensaciones más horribles que recuerdo. Intento tragar saliva, porque la boca se me reseca, pero mi lengua no alcanza el paladar. Sí, sí, intentadlo, intentad tragar saliva sin tocar el paladar con la lengua. Imposible, al menos debes alcanzar la campanilla para activar la musculatura del esófago, pero mi lengua no llega. Mi boca es una caverna y mi lengua apenas una minúscula babosa. Comprendo que si no me despierto moriré ahogado con mi propia saliva y, acto seguido, abro los ojos enredado en las sábanas y bañado en sudor. El puto dolor de cabeza ha desaparecido pero me inquietan las voces de mi tío, mi hermano y mi madre charlando en el salón. Me da miedo salir de la cama sin estar seguro de estar, de verdad, despierto. Entonces, no sé por qué, me acuerdo de Umbral.

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