martes, 27 de noviembre de 2012

Lo del día que casi me caso


Mi otro yo se ha ido a dormir su siesta, ahora yo tengo el mando absoluto. Me desdoblo para suplantarlo y que me dé la razón y me digo, ¿Qué tienes que hacer? Nada. ¿Tienes todas tus tareas desatendidas? Sí. Pues ha llegado la hora de perder un poco más el tiempo. Venga, unanimidad. Fiesta, charanga, fuegos artificiales. Me froto las manos y me siento al ordenador. Vamos a escribir algo ahora que no está el  moralista rompecojones ese.

¿Qué escribo? Lo que quieras, siéntete libre. ¿Cuento lo del día que casi me caso? Eso sería fantástico, no salimos muy bien parados pero a la gente le mola descojonarse de las gambadas ajenas. Es que... va a parecer que siempre escribo de mujeres, voy a quedar como un salido. Siempre escribes de mujeres y eres un salido, pero que eso no empañe nuestro momento de plena libertad moral. Bueno, pues lo cuento. Lo que pasa que lleva detalles, imprescindibles para la entera compresión del suceso, que forman parte de la intimidad de terceros, incluso cuartos, que no sé si tengo derecho a violar, ya sabes, su madre fiscal, su padre exmilitar. Mira, si empezamos con derechos y milongas mejor esperas a que se despierte de la siesta ese cura que llevas dentro y te dicte tus propias memorias, escribe ahora que puedes. Pues, resulta, que la conocí en las escaleras de un piso de... No, hombre, sin introduciones que esto no es una novela. Recuerda, este es tu estado de libertad total y el cura no va a dormir todo el día. Vete directo al grano, no pierdas el tiempo en ñoñeces que no interesan a nadie. Esto es como el porno, a nadie le importa cómo se conocieron y si al final se casan, lo que quieren es verlos follar y listo. Pues aquí lo mismo, las introducciones son para cuando te pagan por letra. ¿Sabes que estás empezando a parecerte a mi otro Yo? No hay más que daros voz y ya estais ordenando. Lo voy a contar a mi manera, que es un tema delicado. Si tan delicado es ¿por qué cojones lo cuelgas en internet? Precisamente por eso es delicado, ¿no ves que pueden llegar a leerlo las partes involucradas? Cámbiales los nombres, no digas que se llamaba Zsenia ni que era lituana. No, esa era la otra, se llamaba Inga y era letona. Eso, eso, cuenta también lo de la otra, y lo de la Interpol, es la mejor parte. Mira, sabes qué te digo, que ya no lo cuento. Vete a cagar, que seguro que te encuentras con mi otro Yo que se levanta de la siesta.


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