sábado, 10 de noviembre de 2012

Ley de la casualidad

Yo no quiero estar aquí, quiero estar en el bar, pero ya que no puedo bajar influiré allí desde aquí. Partamos de alguna verdad científica; Toda materia que fluye en el espacio, en cierto momento, por cojones, se amontona. La vida es un flujo constante de meras casualidades en sus dos únicas variantes, un código binario de infinitas combinaciones pero que sólo puede ofrecer dos resultados, favorable o desfavorable.
Al cúmulo, o amontonamiento, de una de esas variables le llamamos "suerte", buena o mala dependiendo si se amontonan casualidades favorables, la perseguida buena suerte o desfavorables, mala suerte. Por ejemplo: Yo estoy... en el bar, ahí, aburrido, y, de repente aparece la pava de los tres corazones. Eso es una casualidad favorable. El pelma ése que la acompaña día y, supuestamente, noche y que a todas luces es su novio aunque ella lo niegue, que no lo niega, no está con ella. Esa es otra casualidad favorable. Ya van dos. Que se acerque a saludarme efusivamente no es casualidad, es fruto de mis encantos, pero que el punto álgido de su peculiar síndrome premenstrual se dé estando entre mis brazos no es más que una gran casualidad favorable, si no un milagro. Y ya van tres, ya le podemos llamar buena suerte. Y venga buena suerte, con tequila, ahora con ron, y ya salimos juntos del bar, tambaleándonos, yo agarrándole el culo. Y comemos perdices. Pero hete aquí, que si de ese cúmulo de casualidades favorables, cambiamos sólo una y la hacemos del todo desfavorable, la cosa se jode y siendo más las casualidades favorables, una en contra las neutraliza. Por ejemplo: El tío que está en el bar, ahí, aburrido, resulta que no soy yo. Ya sería puta casualidad, y muy desfavorable. Y habiendo tanta gente en el mundo, no sería  tampoco improbable.
Es ahí donde yo tengo oportunidad de intervenir en la cadena de hechos venideros, con la ley de la probabilidad, y evitar tamaña, injusta, usurpación. La probabilidad de que se dé la escena que he propuesto ya es más bien escasa. Si a eso le añadimos que, habiéndolo pensado yo, le suceda a otro, disminuímos aún más la probabilidad y si, además, resulta que estoy escribiéndolo y colgándolo en mi puto blog, reduce la posibilidad de tal evento casi a lo imposible. La pava de los tres corazones no se entretendrá con nadie que esté ahora en el bar, ahí, aburrido, porque necesitaría muchas casualidades fluyendo a su favor. Necesitaría el más difícil todavía de las casualidades cósmicas, imposible, vamos. Que no.

 Esta imagen no sé a qué viene.

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